Pensarono che essere nulla fosse più di essere qualcosa e magari coincidesse con l’essere tutto

“Il perfetto è inconoscibile, inconcepibile e inesprimibile per tutte le creature, in quanto creature. Perciò il perfetto è detto ‘nulla’, giacché non è nessuna di esse”
Teologia Tedesca, anonimo francofortese, 1477.

 “Stay,” he said. “I’ll watch the captain kirk with you.” He got into his shirt. “Remember years ago when there were — what was it? — twenty or twenty-two TV channels? Before the government shut down the independents?”
She nodded.
“What would it have looked like,” he said, “if this TV set projected all channels onto the cathode ray screen at the same time? Could we have distinguished anything, in the mixture?”
“I don’t think so.”
“Maybe we could learn to.[…]He saw apples, and cobblestones and zebras. He felt warmth, the silky texture of cloth; he felt the ocean lapping at him and a great wind, from the north, plucking at him as if to lead him somewhere. Sarah was all around him, so was Danceman. New York glowed in the night, and the squibs about him scuttled and bounced through night skies and daytime and flooding and drought. Butter relaxed into liquid on his tongue, and at the same time hideous odors and tastes assailed him: the bitter presence of poisons and lemons and blades of summer grass. He drowned; he fell; he lay in the arms of a woman in a vast white bed which at the same time dinned shrilly in his ear: the warning noise of a defective elevator in one of the ancient, ruined downtown hotels. I am living, I have lived, I will never live, he said to himself, and with his thoughts came every word, every sound; insects squeaked and raced, and he half sank into a complex body of homeostatic machinery located somewhere in Tri-Plan’s labs.
He wanted to say something to Sarah. Opening his mouth he tried to bring forth words — a specific string of them out of the enormous mass of them brilliantly lighting his mind, scorching him with their utter meaning.
His mouth burned.He wondered why.
Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar) cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo. Sentí infinita veneración, infinita lástima.

P. K. Dick
Formiche Elettriche

J. L. Borges
L’Aleph

Advertisements

Informazioni su eliaspallanzani

Blog dedicato etc
Questa voce è stata pubblicata in borges, dick, illuminati. Contrassegna il permalink.

Rispondi

Inserisci i tuoi dati qui sotto o clicca su un'icona per effettuare l'accesso:

Logo WordPress.com

Stai commentando usando il tuo account WordPress.com. Chiudi sessione / Modifica )

Foto Twitter

Stai commentando usando il tuo account Twitter. Chiudi sessione / Modifica )

Foto di Facebook

Stai commentando usando il tuo account Facebook. Chiudi sessione / Modifica )

Google+ photo

Stai commentando usando il tuo account Google+. Chiudi sessione / Modifica )

Connessione a %s...